Mejor llama a… La redención

Alguien inteligente en Tuiter estableció un punto de encuentro narrativo entre las historias de por sí hermanas: Breaking Bad y Better Call Saul. Dos momentos análogos, que hielan desde dentro al espectador.
En uno, que cierra la primera mitad de la temporada final de Better Call Saul, Jimmy McGill (Bob Odenkirk) ve acaecer el asesinato de quien hasta ese momento habría considerado –erróneamente, se verá– su némesis: Howard Hamlin (Patrick Fabian). En el otro, abundantemente reseñado como uno de los mejores capítulos en la historia de la TV: Ozymandias, penúltimo de la serie Breaking Bad, Walter White (Bryan Cranston) también ve de frente cómo arrebatan la vida de su némesis equívoco: Hank Schrader (Dean Norris).
Y es que nuestros lazos filiales también están atravesados por la decepción y el dolor, y cuando entendemos que esas sensaciones son parte de un todo en nuestras relaciones humanas, generalmente es demasiado tarde.
Fue tarde cuando Jimmy y su esposa, Kim (Rhea Seehorn), comprendieron que su, por así decirlo, elaborada revancha contra Howard pudo haber sido sustituida con una postura más frontal y valiente hacia él. Fue tarde, también, cuando Walter terminó de entender que su camino hacia la reivindicación se torció en el momento en que dejó de lado la honestidad consigo mismo.
La deshumanización del antagónico como imposición
A pesar de haber planteado –de manera magistral– los pasos que eventualmente conducirían a sus protagónicos hacia la redención; Vince Gilligan y su equipo no pudieron (o no quisieron) desafiar la imposición de los arquetipos anglosajones que (sí) a lo western, terminaron por deshumanizar a sus antagónicos: mexicoamericanos a quienes, ya no rupestres y elementales, sino hasta agudos y brillantes, no se deja de adjudicar una naturaleza inhumana, cruel y sanguinaria.
Esos antagónicos son incapaces de establecer relaciones filiales, complejas y paradójicas, y por ello no buscan –salvo en el muy interesante caso de Nacho Varga (Michael Mando)– la redención. Son “lobos”; depredadores que encuentran ovejas y las devoran porque así es, repito, su naturaleza.
Pero, ¿qué hubiera sucedido si Gilligan se hubiese atrevido a llevar hasta las últimas consecuencias lo inicialmente planteado en sus dos grandes series? ¿Habría encontrado financiamiento una saga que decididamente estableciera que detrás de la metáfora del depredador extranjero se encuentra nada más que un sistema que devora almas, aspiraciones, búsquedas y emprendimientos?
Aunque pudiera anticipar la respuesta no lo haré; todavía queda la última mitad del camino de Saul hacia la redención. Hago votos porque esa dramaturgia se acerque, al menos, a una revolucionaria.

Comentarios
Publicar un comentario