Great again: apuntes para reconocer la amenaza
Ese plazo que inquietaba al mundo llegó. El petulante descendiente germánico de la dermis fluorescente fue elevado a la posición de poder formal más importante del mundo, por la vía de un mecanismo que delega la voluntad personal del ciudadano a un "Colegio Electoral" tramposo y anticuado. 312 votos electorales son la materia que le permite a Trump el ejercicio de una brutalidad muy propia de los regímenes rapaces en decadencia.
Sin estrategias, aunque mediante una operatividad táctica sumamente elemental, el individuo naranja se mueve hacia la luz de los reflectores como si en ella se encontrara la ruta infalible hacia la historia. Amenazas arancelarias, declaraciones tremendistas e insensatas, decretos mediáticamente escandalosos pero políticamente de autoconsumo..., en fin. La inverosimilitud como metodología de la administración pública.
Sorprende es cierto, que ese proceder; exactamente el mismo que vimos durante su campaña electoral, siga reforzando el vínculo con su base. Si hay algo exitoso en el fenómeno del trumpismo es su capacidad de aglutinamiento en el posfascismo. De acuerdo con los más destacados analistas de la izquierda alrededor del mundo, esta exitosa simbiosis no se debe a la figura retorcidamente carismática del sujeto per se, sino a la emergencia de una nueva forma del fascismo en todo el orbe.
Al igual que su supuesta antítesis demócrata, el nuevo fascismo "americano" (contrario a lo que el consenso corporativo-mediático internacional promueve) busca conservar una apariencia. Si los primeros ocultan su propia y muy acabada forma de posfascismo detrás de una versión mentirosamente verde e interseccional del neoliberalismo (conocida como woke en aquel territorio), los republicanos, ahora casi en su totalidad trumpistas, también han construido un señuelo: el turbocapitalismo libertario, supuestamente radical y disruptivo o "antisistema". Una impostura que proclama el enaltecimiento del individuo (desde luego en clave masculina) y la lucha por su total “integridad”, en oposición a cualquier idea de colectividad o diversidad.
Desde un ángulo complementario, esa misma máscara muestra una pretendida nostalgia, muy honda, por un "glorioso pasado" —legado de una supuesta "generación grandiosa"— arrebatado por agentes externos ("alienígenas ilegales", por citar el mejor ejemplo). Sin ubicarla en un contexto histórico preciso; es más, ni siquiera aproximado, la narrativa de los "libertarios" relata la historia de una no muy antigua generación que construyó la grandeza de sus países "con sus manos desnudas". Una narrativa, puntualizo, completamente falsa.
De Milei a Trump, pasando por Duda, Meloni o Netanyahu, los mandatarios del "libertarismo" parecen estar desprovistos de cualquier ideología. ¿Qué los mueve entonces? ¿Hacia dónde van sus ejercicios en el poder? Una respuesta obvia se antoja, pero no lo será tanto en la próxima entrega de esta serie. Por lo pronto, este artículo termina aquí.


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