Bardo: una calentura trascendental
Para las otrora distinguidas e indiscutidas estrellas de la cultura mexicana, supuestos representantes de lo que somos en el mundo; hijos pródigos, supervivientes del vilipendio en su tierra y cosechadores del éxito fuera de sus fronteras, el arribo de la llamada Cuarta Transformación a su mundo –precisamente el de la cultura– ha representado, si no una decepción, un claro agravio a “todo lo logrado” en ese ámbito durante nuestra historia reciente.
Una preocupación central –y claramente arrogante– ronda las cabezas de algunos de estos personajes, sobre todo de quienes pertenecen al gremio cinematográfico: la supuesta ineptitud del Presidente y sus funcionarios que, según su razonamiento, llevará inexorablemente a la destrucción de nuestro “sistema” cultural. Miradas azoradas y cejas alzadas anteceden a discursos graves que alertan al público sobre la imperante calamidad. Enérgicos afanes didácticos, dirigidos a un colectivo, por lo demás, imaginario –sensible, pero no muy informado–, rematan siempre sus denuncias.
En lo que ya constituye un práctica común, cada que se toma una decisión que modificará las condiciones en las que se produce alguna manifestación artística o cultural, una polémica sobreviene. En la enorme mayoría de los casos, ésta se origina en tergiversaciones (casi siempre hechas con dolo) sobre esas determinaciones, que luego se diseminan en medios masivos de información, y enseguida en redes sociodigitales.
Aparecen tuits, declaraciones a la prensa, tiktoks. En cuestión de minutos, la ola de aclaraciones, desmentidos y puntualizaciones del oficialismo sucede a las falsedades, y nuestras luminarias suelen, sin mucha convicción, rectificar. Pero para esas alturas, la audiencia –cada vez menor, por cierto– a la que se dirige esa desinformación ya recogió el veredicto que acomoda a su visión, cerrando así el ciclo de autoconsumo ideológico de toda la derecha mexicana.
En última instancia, esta dinámica, lejos de generar siquiera una discusión pública que enriquezca la esfera de las expresiones artísticas –por otro lado, una de las tantas dimensiones de la Cultura–, la empobrece y polariza. Pero no sólo eso, desvela la ignorancia política que adolecen la mayoría de esos prominentes representantes del quehacer cinematográfico, a quienes me estoy refiriendo aquí.
Probablemente la más destacada de esas célebres personalidades sea Alejandro G. Iñárritu, pero lo innegable es que este director caracteriza a la perfección cada uno de los comportamientos arriba señalados. Bardo, su más reciente largometraje, es una palmaria muestra de ello.
El arranque es potente y desde el primer momento se advierte que el filme estará integrado por múltiples simbolismos. Una sombra humana que se extiende hacia el horizonte del desértico panorama fronterizo norteño mexicano, antecede a la grotesca escena de un, por así denominarlo, antiparto.
Iñárritu ya plantea el eje de su argumentación desde esta secuencia y lo verbaliza a partir de la primera conversación entre sus personajes principales: aquello que no acabó de nacer y nunca terminó de morir habrá de consumir la vida de una pareja y, acaso, de un país. Es así como todas las posibles interpretaciones que caben ante la riqueza audiovisual del relato, acaban por circunscribirse a la fatalidad apenas descrita.
Para el exitoso director mexicano, este país, en el que no ha podido encontrarse, está condenado a padecer el dominio de una élite política avejentada, arcaica, aburrida y corrupta. Para él, no ha cambiado nada: seguimos siendo un territorio lleno de jodidos y mediocres, con talentos frustrados o destruidos por esa casta. La actualidad que describe Iñárritu es la de un entorno folclóricamente desesperanzador.
El ramillete de simbolismos continúa y va urdiendo la trama de Bardo hasta confeccionar un monumental cliché del verdaderoizquierdismo mexicano; es decir, las burguesía y pequeño burguesía instruidas, cuyas posiciones de privilegio en los quehaceres intelectuales han sido acotadas por la llegada del actual gobierno popular nacionalista.
Para ese verdaderoizquierdismo, las acciones de la 4T no pasan el tamiz de lo que para ellos es la izquierda: un paraíso meritocrático donde ellos, una especie de oráculos, deberían ser el origen de cualquier tipo de decisión para la colectividad.
Ese enorme cliché también se expresa en las interpretaciones históricas que Iñárritu exhibe en su película. Aparentemente, el cineasta sigue perdido en el laberinto de la soledad, justo cuando los replanteamientos sobre nuestros orígenes, y sobre el devenir de nuestra historia, están en pleno auge. Todas esas míticas figuras del viejo nacionalismo mexicano, revolucionario e institucional, son — qué ironía — reivindicadas por un director que se desvela como un hijo de ese paradigma.
Entre la conmoción (casi) autobiográfica y la reivindicación del discurso de la progresía verdaderoizquierdista, observamos el retorno de los “gags” de Iñárritu. Tímidos rasgos del humor de sus etapas como publicista y locutor colorean lo demasiado largo y ancho de su relato. Seguramente, su chiste más autosatisfactorio es aquel en que una voz parecida a la del actual presidente de México anuncia una consulta popular para venderle Baja California a la empresa Amazon.
Me pregunto si ese humor alguna vez considerado “irreverente” guarda significancia en el contexto político actual, donde el poder se encuentra discutido y en disputa, y el sentido común en sí mismo es una arena. Colocar a un gobierno de oposición como blanco de ironías “insurrectas” parece ya una contradicción y lo que es más: un acercamiento a las caricaturizaciones coléricas con las que la derecha mexicana busca la catarsis ante lo perdido.
No obstante, hay que reconocer que en los episodios más sardónicos y oscuros, pero ubicados en una dimensión completamente íntima y personal, está lo mejor de Bardo. En ellos, Iñárritu definitivamente logra conmover. Toda la secuencia que desemboca en Let´s Dance de David Bowie, por ejemplo, podría haber constituido la totalidad de su nueva entrega. Como cortometraje, no habría tenido desperdicio.
Quizá otro de los momentos en los que mejor expresa su visión fatalista el afamado director, esté en el corte que patentiza su agravio por la violencia –particularmente la ejercida contra las mujeres– que acontece en el territorio mexicano. Las imágenes de una capital que ensombrece hasta tornarse fúnebre y fantasmal plantean una alegoría dura y dolorosa, pero incompleta, sobre el fenómeno.
De haberlo querido, G. Iñárritu habría podido establecer con claridad –y desde luego, sin salirse de los cánones cinematográficos– el punto de inflexión que nos condujo a los mexicanos hasta esta compleja actualidad, en la que el cambio de rumbo político apenas y ha conseguido una casi imperceptible disminución de todo lo que –ni duda cabe– el calderonato dejó como herencia.
Del conmover a la conmoción
Entre Tornatore, Amenábar, Jodorowsky y tantos otros de sus autores referenciales, el cierre melancólico y personalísimo de Bardo consigue entregarnos algunos pasajes surrealistas, que bien podrían ser memorables videoclips. El cineasta parece haber manufacturado esta última parte de su relato evocando algunos episodios que comprometieron su salud recientemente, pero que no pasaron, por así decirlo, de ser meras calenturas.
Independientemente de que esta suposición sobre su vida sea o no acertada, Bardo, en última instancia, es una calentura que trascendió en el ánimo de Iñárritu como una conmoción: un testimonio tremendista y febril de un migrante sui generis; no expulsado por la violencia, la desigualdad o el hambre, sino por las prácticas de reproducción simbólica de una hegemonía mediática que, todavía, representa un poder fáctico en la estructura política de su país de origen.
Paradójicamente, Iñárritu termina, sin quererlo, por alinearse al discurso político más elemental del predominio que antes lo menospreciara, léase: México está sumergido en una violencia imparable, gracias a la ineptitud de un “mesías tropical” que quiere perpetrarse en el poder. Todas las pretensiones estéticas y la potencialidad simbólica de Bardo se reducen y consumen en esa simple idea de la propaganda conservadora — y clasiracista— mexicana.
El clasismo y el racismo son poderosos. Son capaces de situar nuestras propias identidades por debajo del canon cultural de la blanquitud. No importa cuánta creatividad y capacidad consigamos desplegar, el flagelo suele prevalecer.
Pero aunque apenas hayamos cruzado el umbral; en este territorio que llamamos México está en marcha un proceso que intenta acabar con esos sometimientos. Este fenómeno provocará, sin duda, muchas alteraciones de los ánimos y de las temperaturas. Yo aconsejaría no confundir estos síntomas del cambio, con una conmoción.





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