The Leftovers en 2021: la vigencia del desvanecimiento



Escribo esto en la víspera de un Día de Muertos que marcará el regreso de una festividad civil multitudinaria a las calles de la Ciudad de México, en pleno declive de la potencia epidémica del virus SARS-CoV-2. No es coincidencia; decidí retomar la serie ex profeso en el contexto de esta ya –espero– agónica pandemia.

Recuerdo que hacia el final de 2014, me fue imposible disociar los primeros capítulos de The Leftovers del contexto agreste de la realidad nacional. Por aquellas fechas, las dolorosas sospechas alrededor de la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, hacían resonar con potencia el terrible escenario de las desapariciones forzadas a lo largo y ancho de nuestro país. En este contexto, la hipótesis de la serie se hacía escalofriantemente plausible para mí.

En la ficción de Tom Perrotta y Damon Lindelof, un fenómeno inexplicable habría provocado la desaparición de 140 millones de personas (2% de la población mundial), trayendo consigo una crisis civilizatoria no precisamente inimaginable. Claramente, el símil con un acontecimiento del mundo real –lo que quiera que esto sea ahora– es una pandemia. Estoy casi seguro que Perrotta tomó, de la influenza H1N1 de 2009 surgida en América, y del brote epidémico de Ébola de 2012 en África, los elementos fundamentales para la construcción de su fascinante y endemoniada historia.

Así, la serie logró mantener un diálogo virtuoso con mi realidad, pero en el caso de la otra epidemia; la de los desaparecidos en México, ese diálogo se hacía más íntimo y doloroso para mí conforme avanzaba en el recorrido por la primera temporada. Después, diferentes circunstancias me llevaron a postergar la revisión de la serie, pero su eco semántico permaneció como referente constante en mi retórica personal.

Luego de unos cuantos meses de la llegada de HBO Max a México, y en el contexto de la pandemia, The Leftovers se volvió impostergable. Ahora, su diálogo con el mundo real es completamente distinto. La COVID-19 nos mantiene en un escenario de descomposición social que se espejea incesantemente con los propuestos en pantalla. Ese mundo al borde de la psicosis colectiva es demasiado parecido a este, en el que la propia pandemia ha cobrado ya, casi 5 millones de vidas humanas.

Del otro lado, en el ámbito de las desapariciones en México, nuestro país se acerca a la estrujante cifra de las 100 mil personas (según los datos más recientes de la Comisión Nacional de Búsqueda). Aquel diálogo doloroso ahora guarda todavía más correspondencias con la metáfora accidental, involuntaria y personal de The Leftovers. La descomposición y su olor a cadáver rondan el mundo de lo tangible y constituyen el único espíritu del que podamos dar cuenta de manera consensual.

No he llegado al final de la serie, pero espero hacerlo antes de que su vigencia se torne en sentencia y el desvanecimiento de este mundo sea inevitable. Quizá lo logre; ya estoy en la tercera temporada.




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