Chicuarotes, pan y circo

He pagado por mi morbo. Decidí acudir al lugar común de ver la película más reciente de Gael García. Sí, ese afamado actor que casi siempre logra eficacia frente a las cámaras, pero que ha venido insistiendo en estar detrás de ellas sin resultados favorables. Desastrosos, en el caso de su más reciente largometraje.
Había leído por ahí algunos tuits de su guionista y alguna sonrisa llegaron a provocarme. Sabía que Chicuarotes tenía que ver con algún episodio de su vida en la demarcación Xochimilco de la Ciudad de México, y que aparecerían unos ajolotes en la pantalla. En fin, un puñado de curiosidades a satisfacer. Por supuesto que lo que vi en la pantalla no cumplió con estas muy moderadas expectativas.
La película de García Bernal es una fallida tragicomedia, aparentemente basada en la nota roja citadina –aunque el ya referido guionista ha dicho que en realidad se desprende de una historia que un amigo de su antiguo barrio le contó–, en la que dos adolescentes miserables del pueblo de San Gregorio Atlapulco: Cagalera y Moloteco deciden secuestrar al pequeño hijo de un incipiente cacique local, para poder huir de ese poblado con un botín que eventualmente les permitiría pagar un par de plazas en una empresa paraestatal mexicana.
Cagalera y Moloteco, según el argumento de sus creadores, son un par de pobres atrapados en un pueblo lleno de pobres. Personajes tan incapaces de distinguir entre el bien y el mal que, por ejemplo, al no conseguir siquiera ejecutar exitosamente una rutina de comedia a bordo de un microbús, optan por asaltar a mano armada a los pasajeros. Para García Bernal y para su guionista, todos estos jodidos, muy en el fondo, son buenos salvajes a los que una campaña televisiva, como la de: Tienes el valor o te vale podría haber salvado de cometer tantas atrocidades.
Resulta extraño que ese guionista, que asegura haber vivido muy cerca de la comunidad en la que se desarrolla su narración, no atine a proponer una historia en la que nos cuente al menos un poco de las luchas y las adversidades de pueblos tan sui generis como “San Gregorio”. De hecho, la única virtud de Chicuarotes no tiene que ver con lo que se cuenta, sino con lo que se alcanza a mostrar, desde luego sin intención: la riqueza visual de un lugar lleno de contrastes; entre el urbanismo desordenado y la supervivencia de la ruralidad.
Pretendidamente kitsch y colmado de condescendencia, Chicuarotes es un producto fílmico digno de Televisa. Un relato habitado por lugares comunes, en los que se evidencian lo mismo prejuicios de clase que romantizaciones de la miseria. Abismalmente alejado de Luis Buñuel e incluso de Ismael Rodríguez –a quienes se ha querido colocar como referentes del director– es, finalmente, un trabajo más de quien también escribiera a encargo de Eugenio Derbez.
Gael y compañía juzgan, condenan y etiquetan a los habitantes de San Gregorio Atlapulco por su involucramiento constante en hechos violentos. No interesan los contextos, los correlatos ni los porqués. Se estigmatiza y caricaturiza en cada corte con tal de plantear una sátira que, por lo demás, resulta fallida, cursi e hipócrita. Un safari hípster por la marginalidad metropolitana.
Tal y como actúa en el ámbito político, dentro de Organizaciones no gubernamentales de dudosa legitimidad, quien dirige se coloca sobre una especie de columna moralina y desde esa altura mima o perdona la rusticidad de sus personajes, que, por otro lado, son de una obviedad estereotípica tal que solo pueden provenir del imaginario whitexican.
En ese mundo, la ignorancia, la ingenuidad o la intemperancia son consustanciales a la pobreza. Y no hay de otra, se requiere del financiamiento de alguna corporación para llevar hasta ella a un puñado de "activistas" y arreglarlo todo con el proyecto de alguna "ONG".
En definitiva, Chicuarotes es otra de las cosas que hay que evitar cuando se comienza a divagar en Netflix. Aunque también puede funcionar como vacuna y evitar así producciones similares de otras OTT, por ejemplo: Pan y circo, de Amazon Prime.

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