Aquellos que están bien

Lo único que recuerdo y que reverbera en mi cabeza es la llamada de ayer, y la de hace dos días, y la que recibiré en unos momentos, para explicarme, con detalles, que mi futuro está en ese plan, para ese teléfono, del que soy súbdito y guardián. La víctima pudo haber sido mi madre (se lo tendría merecido), quien me educó tal y como hicieron con la ejecutora; la delincuente: una mujer que podría ser mi hermana (o mi hija, si yo hubiera sido un poco más estúpido).
Y al pie de pulidas y grisáceas construcciones de granito, en la periferia de Zúrich, el clímax de la utopía civilizatoria centroeuropea se revela gélido y frágil dentro de su inmutable y perfecta geometría: El hábitat de la victimaria. El escenario del ridículo delito, por el que será acorralada..., sí, y a otra cosa. A seguir infiriendo si los megas son suficientes con respecto a la oferta que, por otro lado, tampoco se recuerda con cabalidad.
Para ser honesto, ya no sé si era yo quien estaba en la sala de la Cineteca o si un desdoblamiento me llevó fuera de mi intermitente reclusión. Ya no recuerdo si era yo quien pasó de largo en la pantalla y desde ahí, mientras volteaba, fuera de foco, me vi a mí mismo sentado en la butaca. Me confunde el intento de llevar a mi memoria a ese Call center en el que ya no recuerdo si también estaba trabajando yo. Si era ahí, en Zúrich, o en la metrópoli desecada y putrefacta de la Ciudad de México.
Tengo el vago recuerdo de un desplazamiento por jardines solitarios, y de un andar por calles violentadas por rascacielos brotantes, y de cómo el metro estaba casi vacío. Me pareció ver allí al otro desdoblamiento; al de la victimaria. Y en cada vistazo, en cada mirada cruzada, ella seguía ahí.
Ahora comprendo que la delincuente era, Es, sólo el espíritu universal de una época. Nuestra hermana menor que tampoco tendrá nada sólido. Nuestra hija o sobrina, a la que dejaremos por patrimonio la representación gráfica más actualizada de un agujero negro.
Al fin somos uno; unx, pues, en el mundo.

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