Parásitos, virus y una ilustración para el hastío

Parásitos no es una película; hace poco sí, fue un hashtag. Tampoco es una denuncia ni una sátira; desde luego no oculta entre líneas una poética o una épica. Es más, quién sabe si sea un relato. Probablemente: una tautología del abismo de la desigualdad.
No sé qué es eso que consiguió poner en las pantallas de todo el mundo Bong Joon-ho. Cuando intenta recurrir a la comedia lo que produce (en un ojo medianamente aguzado) es tedio; cuando vira hacia el suspenso lo que provoca es sopor. Luego, al decantarse hacia el melodrama, la película no alcanza a retribuirle al espectador avezado algo medianamente valioso por los minutos invertidos.
Es cierto, Parásitos contiene algunos mensajes políticos y sociales reconocibles, pero al ser exhibidos en la pantalla sin sutileza alguna, éstos pierden toda su potencia y relevancia.
Al iniciar, Joon-ho bosqueja una tímida denuncia contra la falacia que representa La Corea del Sur de la OCDE –esa nación que supuestamente lleva 20 años de progreso ininterrumpido, y en la que casi la mitad de su población adulta cuenta con educación universitaria–, pero su trazo se pierde entre ásperas caricaturizaciones y rebuscadas florituras visuales que frustran su potencial crítico y a cambio entregan una aburrida, preciosista y sentimentaloide ilustración.
Llama la atención que una narrativa así, plagada de inverosimilitudes, logre vincularse de una manera tan eficaz con su público promedio. Quizá sea porque estos espectadores se reflejan en el espejo de los personajes que tienen frente a sí, y en las situaciones obvias, efectistas y grotescas en las que se desenvuelven. Ahí están ellos, encontrándose; en su butaca y en su circunstancia; mirándose desde la libertad del anonimato que la oscuridad de la sala les ofrece.
Parásitos, como sea, tiene la resistencia de un virus pandémico. Todavía la vemos coexistir con blockbusters o sobrevivir a decenas de producciones superfluas y fugaces. Por otra parte, la discusión sobre ella se ha limitado a sus secuencias hiperviolentas y a esa obviedad que representa el tema del olor de la pobreza.
Sí, es un desperdicio, porque dentro de la criatura de Joon-ho permanece subyacente un tópico realmente importante –que en muy pocas ocasiones, y en todavía menos conversaciones, saldrá a la luz–: la brutal desigualdad sobre la que hemos erigido nuestra grisácea presencia en la tierra y su expresión sui géneris en aquel pedazo de península, en el que la impostura del éxito de la economía de mercado se cristalizó.
Esa importante oportunidad desperdiciada de Bong Joon-ho se suma a una más, que además podría ser histórica: la de haber colocado su filme, a la par de la magnífica y multicitada Joker de Todd Phillips, como otra desafiante revelación en el circuito cinematográfico del Gran público.
Si usted no ha visto Parásitos, prepárese; es como el virus que tiene hoy paralizado al mundo: no habrá forma de evitar ese mal rato.

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