Esto no fue, no es y no será Berlín

¿Ha estado México alguna vez a la vanguardia de algo? ¿Del arte?
En todo caso, estar a la vanguardia no es precisamente lo que otorga un lugar especial a nuestra vapuleada república en el “concierto de las naciones”. Aunque, eso sí, hay nutridas evidencias que demuestran que es un tópico que nos interesa…, bastante más que a ciudadanos de otros países con un nivel de desarrollo semejante al nuestro, de hecho.
Si hubiera que apuntar a una razón de manera apresurada, yo señalaría a nuestra vecindad con el hegemón del norte como la más visiblemente responsable de esa inquietud tan nuestra por ocupar un lugar relevante en el marco internacional (o global, da lo mismo).
Como sea, y aunque pareciera un tema de poca relevancia en este contexto de violencia, incertidumbre y división, la pregunta es pertinente; precisamente en estos tiempos en los que nuestra economía y nuestras producciones culturales quedarán fuertemente ligadas –si no sometidas– a la (todavía) potencia más grande del orbe.
Antes que el ahora cuasi superado “TLC”; antes también de que todos asumiéramos como un hecho a la globalización, ya el fenómeno cultural llamado Rock había trascendido las fronteras. Específicamente en la década de los 1980, el “subgénero” Postpunk desplegaba un sinnúmero de expresiones, tan emparentadas, como ricas y diversas.
México no permaneció ajeno a esta influencia y vimos brotar de alcantarillas, bodegas abandonadas y cocheras suburbanas a una buena cantidad de bandas que buscaban, precisamente, estar a la vanguardia de ese, otra vez, "subgénero".
Sin embargo, sabemos bien que solo un puñado de esas agrupaciones lograron trascender el underground y alcanzar los grandes reflectores. Lo que no sabemos con detalle es qué ocurrió con todos esos proyectos que se quedaron a la zaga; tal vez, en algunos cuantos casos, porque sus apuestas fueron demasiado arriesgadas o adelantadas al contexto de una masa social que se dividía: entre el conservadurismo y la doble moral, y la rebeldía, la disrruptividad (ahora tan manida) y sí, la vanguardia.
A partir de esta incógnita, Hari Sama nos propone lo que quien esto escribe cataloga como una ucronía; intensa y llena de verosimilitud, sobre el segundo lustro de los agitados 1980 en México. Se trata de una historia que pone la mirada en aquella escena contracultural metropolitana, en la que dos jóvenes, en pleno despertar social y sexual, tratan de incluirse.
Desde su condición clasemediera y suburbana, Carlos (Xabiani Ponce de León) y Gera (José Antonio Toledano) miran maravillados a sus mayores; jóvenes universitarios y profesionistas, proponiendo desde el postpunk, el performance y la plástica una forma de vida diferente; pretendidamente insumisa y revolucionaria.

A pesar de lo nostálgica o "retro" que pudiera parecer la historia que Sama nos propone, hay, durante todo el filme, la predominancia de una épica que no ceja y que desemboca en una reflexión que nos es útil en el hoy y el ahora: hemos permitido –al menos toda nuestra historia reciente– que los aires de nuestras elevaciones creativas nos obnubilen, mientras el piso de nuestra realidad contextual tiembla y se agrieta.
Nuestras influencias no son producto de ninguna colonización; ellas no son el problema. No interesa si nuestras producciones culturales se parecen demasiado o no a las de Europa; lo que debería importar es si contamos con la congruencia necesaria para sostener nuestro discurso.
Hoy que el vecino hegemónico quiere renovar sus abusivas reglas de intercambio comercial y cultural, sería de mucho valor que nuestra élite creativa atravesara, sobre toda su obra, una reflexión como la de Esto no es Berlín; sobre este país que somos, el que fuimos y el que, ni siquiera en una ucronía, hemos podido ser.

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