Sobre la fatua “Nueva normalidad”

Mucha resonancia y aplausos en medios de información y redes sociodigitales han cosechado aquellos y aquellas que han venido haciendo público su optimismo emprendedor –por lo demás, terriblemente aburrido– sobre lo que traerá el fin del confinamiento o eso que ya se conoce de manera casi oficial como la Nueva normalidad.
Plagadas de corrección política y mesura barbitúrica, sus cavilaciones derivan en los típicos axiomas del discurso mercanormado; léase: El cambio está en uno mismo, Es tiempo de ser resilientes, Nada va a ser igual, etcétera. La subcultura del echaleganismo ha encontrado en el fenómeno COVID-19 una caja de resonancia, abrumadora, sí, pero que agotará su alcance tan pronto como disminuya el flujo informativo y noticioso sobre los efectos de la pandemia.
Afortunadamente, no todo el espectro de la opinión pública está colmado por esa producción oportunista de apuntes e ideas replicadas. Así, algunos de los personajes más visibles de la filosofía y la literatura contemporáneas han atraído recientemente una mayor atención mediática, y sus reflexiones –de mucho mayor calado, claro– han amplificado cualitativamente la discusión sobre los escenarios posibles de la postpandemia (aquí se puede revisar un puntual balance filosófico sobre ella).
Sin embargo; es el célebre escritor francés Michel Houellebecq –desde mi punto de vista, por supuesto– quien mejor caracteriza el fenómeno en esta sola frase: esta epidemia ha tenido éxito en la hazaña de ser a la vez aterradora y aburrida. Para Houellebecq, NO; no nos despertaremos, después del encierro, en un mundo nuevo.
La aspereza de estas declaraciones es totalmente intencionada y consistente con su discurso y narrativas. Siempre, desde un aparente desdén, Houellebecq ha asumido una postura discursivo- filosófica insumisa y anhelantemente profética. Desde ella intenta sobreponerse a una realidad cada vez más brutal, esquemática y hasta cierto punto obvia o previsible. Aunque el también poeta es detestado en muchas comunidades, la verdad es que no es difícil coincidir con él.

Sin embargo sí, habrá un mañana y, siguiendo a Houellebecq, después de este encierro (o cotidiano riesgo mortal, dependiendo del estrato social en que uno se encuentre) no habrá más que las mismas condiciones de supervivencia para nuestra especie. Para ser honestos, nuestra organización es simple: unos millares de individuos han dirigido hacia sí casi todos los flujos del capital, construyendo cadenas de interdependencia y estrategias de dominación y violencia crecientes para conservarlos.
A esta estructura, un microbio –como diría Houellebecq, de la familia poco prestigiosa de los virus gripales– no habrá de sacudirla. Acaso, la ralentización de los tránsitos financieros y el consecuente aumento (no muy lejos de lo ya contemplado) de la miseria, podrían reforzar sus mecanismos de paliación (ya sea con deuda, reasignaciones presupuestarias o diseminación de créditos, según sea el caso).
Esto permitiría al statu quo –ese sí, con toda resiliencia– volver en unos cuantos meses a su original estado de aletargada y progresiva descomposición. Ese es el patético estadio actual de nuestra historia.
El caso de México se antoja poco excepcional. El despliegue de un gobierno que oscila entre un liberalismo decimonónico y una centro izquierda más o menos contemporánea, seguirá intentando, con la misma pragmática, desmontar el aparato de Estado corruptor, psicópata y asesino; heredado y cultivado durante décadas.
Por otro lado, las recetas de resiliencia o emprendedurismo valdrán unos cuantos millares de clickbaits, y permanecerán latentes para su reciclaje hacia el siguiente fenómeno estrepitoso. En tanto, sus consumidores-lectores clasemedieros, muy probablemente seguirán viviendo su parsimoniosa depauperación con la aparente felicidad que los caracteriza.
Todo seguirá su curso en este país. El necropoder económico ya negocia la “socialización de sus pérdidas” (aunque quizá tenga que ceder ante la autodenominada 4T) y su feroz y cretina guerra de propaganda no nos ofrecerá ninguna tregua. Ya encontrará alguna parafernalia diferente a la de las cifras de defunciones –o a la del cubrebocas– cuando termine este impasse.
La epidemia nacional, por otra parte, seguramente quedará registrada en la memoria pública como un reality show centrado en una figura estelar que habrá sido capaz de mitigar la lóbrega presencia de la muerte en la cotidianidad.
Tal y como concluye Michel Houellebecq en su reciente carta sobre la (pos)pandemia: será lo mismo, solo un poco peor.

Comentarios
Publicar un comentario