High Life. A la velocidad del vacío

Willow, where are you hiding now? ("Dónde te escondes ahora, Willow"), comenzaba a entonar Robert Pattinson hacia el inicio de ese viaje que todavía no me suelta.
Un agujero negro nos depara, lo sé; pero tenerlo ahí, de frente, en toda su lúgubre belleza.... Agradezco no haber estado preparado.
La crítica se dividió con High Life. Era natural; sobre todo en estos tiempos, donde la estupidez se ha consolidado como una de las más poderosas instituciones de toda la organización humana. Si ustedes acuden a una de las contadas salas en donde todavía se exhibe y al verla creen no estar entendiendo nada, mejor atiendan a sus palpitaciones.
Permitan que la escalofriante y dulce Willow, de Stuart A. Staples (es decir, los Tindersticks) haga su trabajo en ustedes. Luego reflexionen y vuelvan a comenzar. Les garantizo que no encontraran muchas experiencias de costo-beneficio así…, al menos no en lo que "acaba de morir" esta era neoliberal.
En el futuro cercano, una tripulación compuesta por un puñado de criminales –mujeres y hombres que sobreviven postrados al interior de una horripilante nave espacial semejante a un bloque de containers amontonados– viaja a la novena parte de la velocidad de la luz. Ellas y ellos tienen por encargo encontrar, en la inmensurabilidad de un agujero negro, la energía que sus exitosos y perfectamente adaptados captores, a años luz de distancia, ya habrán agotado.
Sin una mejor opción, estas personas han cambiado su condena a muerte en la Tierra por el abandono en el espacio interestelar. Saben que su misión agotará el transcurso de sus vidas y se les ha advertido que deberán, de ser necesario, engendrar, a como dé lugar, a alguien que herede su cometido fútil.
Es la ciencia al servicio de la nada: de quienes desechan a sus despojados y desposeídos mientras les exigen proezas inalcanzables. Es el tiempo en el que la mierda y los orines se reciclan; en el que los tabús se desmoronan y en el que lo más conveniente es arrojarlo todo por la borda.
Es cualquier día, a partir de mañana.
Claire Denis volvió a escupirle a la institución de la estupidez y yo lo vuelvo a celebrar (tal y como lo hice con Les salauds, 2013). Abrir brecha en la cuasi monolítica escena cinematográfica contemporánea; repleta de hiperproducciones de alto oropel y de torrentes de capitales elusivos, por supuesto, no es tarea de canallas. La directora francesa tomó el fenómeno que está definiendo nuestro presente: la precarización, como la matriz creativa de un filme totalmente insumiso.
Se toparán de frente, a lo largo y ancho de la pantalla, con la maximalización del minimalismo. Lo paradojal será una constante. El sexo, la violencia, la injusticia. La reivindicación, llenarán los escenarios en los que habrán de encontrarse allí, en la comodidad de su butaca.
High Life comparte sus días de exhibición con Joker (Todd Phillips, 2019) y es bueno que esto suceda. Se trata, por así decirlo, de dos vectores narrativos que se encuentran en el eje de una misma rebelión.
Yo espero que esa convergencia se multiplique y que trascienda el ámbito cinematográfico. Porque, sí: ha llegado la hora.

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