Érase una vez en Manhattan Beach
Dedicado a la memoria de Armando Vega Gil.

Paradójicamente, esta gran alimentadora de contenidos de lo que iba configurándose como La Internet sucumbió ante el acelerado crecimiento y prácticas de uso de la propia red de redes. Si lo que constituía a la Contracultura era el intercambio de conocimiento desde el underground, la emergencia de esos mismos saberes, en la hiperdisponibilidad, habría de representar su irremediable agonía.
Por aquellos últimos años de los 1980, un trabajador promedio del área de servicios en la Norteamérica suburbana podía aún construirse aspiraciones; incluso artísticas. Así, con un poco de talento y otro tanto de compulsión, Quentin Tarantino pudo pasar del mostrador de una tienda de alquiler de videos en California, a la silla de director en una producción de vanguardia para la industria cinematográfica de su país.
Mientras Tarantino pasaba velozmente de My Best Friend’s Birthday (su primer largometraje) a su consagración: Reservoir Dogs; muchas otras manifestaciones culturales de la década de los 1990 –el Grunge de Seattle, por ejemplo– le mostraban al mundo que el American way of life, tan exitosamente difundido en los 1980, no era sino una escenografía propagandística que encubría miles de historias familiares desastrosas.
Sin embargo; esas revelaciones del desastre "americano" poseían la cualidad de ofrecer a sus observadores o escuchas, de casi todo el mundo, una muy oportuna catarsis. La propia historia de vida de Quentin, en su desafío a las narrativas tradicionales hollywoodenses, era digna de ofrecer ese tipo de inspiración.
Quienes alcanzamos la adultez en esa década abrazamos esas expresiones y aprendimos a cultivarlas; sobre, debajo y entre lo que el modelo cultural hegemónico insistía en diseminar. Lamentablemente, la extraordinaria capacidad de asimilación de ese mismo sistema logró incorporar a su zombificado aparato cultural aquellas manifestaciones que solían resistirlo e incluso combatirlo.
En 2009, el propio Tarantino; aquel director que marcó a su generación con el sello del discurso contracultural, pervirtió sus propias formas y filmó Inglourious Basterds. Quizá, sorpresivamente, la mordida de una dentada mano invisible terminó por infectar su perspectiva.
Diez años y casi todo este texto después alguien podría preguntarse ¿y qué pasó con la Contracultura?
Sencillo: está muerta. Se suicidó, hace algunas semanas, luego de una campaña de acusaciones por acoso, viralizada en Internet.

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