Vice, Adam McKay y la sátira exhaustiva

Vivimos en la era de la propaganda. Los desarrolladores de las Tecnologías de la Información y la Comunicación han provisto a nuestra especie de una gama de instrumentos tan amplia como nuestra ignorancia sobre sus procesos de funcionamiento interno.
Paradójicamente, la magia del capitalismo ha dotado a esos mismos instrumentos, en su nivel de uso más cotidiano y masivo, de una facilidad de uso insólita. Démosle un celular a un simio y a los pocos minutos será capaz de acceder a Instagram.
Gracias a esa brutal accesibilidad, las redes sociodigitales están plagadas de personas usuarias (de todas las capas de la población humana) ávidas de manifestar al mundo su existencia; su valiosa opinión sobre absolutamente todos los temas.
Este cúmulo de expectativas –solubles en la liquidez del inagotable flujo de expresiones multitudinarias– es, a pesar de todo, un potente caldo de cultivo para la regeneración, sofisticación y florecimiento de cada vez más organismos de propaganda al servicio (y a la medida) de cualquiera que pueda acumular alguna cantidad de poder.
La gradual y constante desaparición de las rutas hacia una posibilidad de la verdad es esa nada de la que surge la propaganda: una criatura cultural que se alimenta del vacío.
Adam McKay, podría apostarlo, es más o menos consciente de todo lo anterior y por ello, desde The Big Short (La gran estafa, 2015), ha decidido explorar los vastos territorios de la política, la información noticiosa, la propaganda, y por supuesto, la sátira contemporáneas, para así elaborar productos fílmicos exhaustivamente referenciales; capaces de satisfacer tanto al Gran público como a ciertas audiencias más adentradas en el discurso cinematográfico.
Acotaciones sobre la historia reciente, noticias, datos. En Vice (El vicepresidente: más allá del poder, 2018) una vorágine informativa gira en torno a dos impecables actuaciones: la del insuperable Christian Bale (Dick Cheney), con su añadido de casi 20 kilos de cuota corpórea-actoral a cuestas, y la de una perfecta Amy Adams (Lynne Cheney) quien, además de llevar nota por nota a su personaje, también carga sin complicación alguna con una pícara y constante alusión a la figura de Hillary Clinton.
Debieron ganar un Oscar, claro está.
Pero, volvamos. Aunque a alguien debe importarle si esa vorágine informacional utilizada por McKay es verificable, a nosotros nos debería bastar con entender que esa exhaustividad refuerza en la memoria del público las potencialidades, no sólo de la sátira, sino del propio relato fílmico. Haré otra apuesta: Vice tendrá éxito en la transición de formatos, y eso le dará la posibilidad de ser en sí misma propaganda contra el poder establecido; ese que se sostiene en el racismo, la estupidez y la desesperación.
Es probable que se sume a cierta serie de productos que hagan las veces de contraflujos que, a la postre, pudieran ayudar a serenar las oleadas salvajes de hiperproducciones carentes de cualquier sentido. Cuando menos, la última apuesta de McKay coadyuvará (un poco, desde luego) a los esfuerzos para que la industria cinematográfica más prolífica del mundo intente proponer algo más que parafernalia y efectos especiales.
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