Y la nada negra sangrienta empezó a girar… Blade Runner 2049

Un ojo se abre; su pupila, rodeada de un luminoso verdor, se dilata; llena la gigantesca pantalla de una claridad absoluta, y a la caja torácica de quien esto escribe, de una emoción que apenas puede contener.
Luego, el inmenso huerto solar que alimenta de energía a esa ciudad grisácea que algunos hemos visto entre sueños o pesadillas y que, sabemos, pronto será nuestra “casa común”, se despliega en toda su amplitud. De una planicie a la cúspide, desde una toma aérea que un automóvil volador rompe a gran velocidad, hasta el horizonte; en un futuro que ya vemos acercarse y que sí, es desolador (pero inquietante).
Así comienza la película que Denis Villeneuve imaginó, quizá justo después de ver por última vez Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y comenzar el rodaje de su secuela; esa que esperábamos y no; la que seguimos con reserva porque su antecesora y progenitora es, sencillamente, un hito cinematográfico; un punto incandescente en toda nuestra historia cultural.
Blade Runner 2049: Dos dimensiones posibles
Si dividimos a Blade Runner 2049 en dos dimensiones, siendo la primera la de la reinterpretación, ésta resulta estupenda. Se trata de alrededor de una hora de rodaje en la que Villeneuve fue perfectamente capaz de mostrarnos su estilo, en superposición a las referencias de la obra maestra de Ridley Scott, y en diálogo constante con elementos de otras obras del cine de Ciencia Ficción de las últimas décadas.
Pienso por ejemplo en la idea del destino ineluctable de Old Boy de Chan-wook Park (2003); en la sobrepoblada mega ciudad-favela de Los Angeles concebida en Elysium de Neill Blomkamp (2013); y en la marchita y lóbrega des-civilización planteada en el escalofriante corto: Sundays de Mischa Rozema (2015).
No obstante, la interlocución en pantalla con Her (Spike Jonze, 2013) es la más evidente; baste recordar la aparición de Joi, una especie de replicante en edición VR que brinda una experiencia de amor sintética al propietario y que, si bien no cuenta con la voz de Scarlett Johansson, sí posee la imagen de Ana de Armas; así como la capacidad añadida de acolplarse a una corporeidad (en este caso la de Mackenzie Davis; ni más ni menos).
De nueva cuenta observaremos como un Blade Runner cae irremediablemente enamorado de una ilusión, pero con un desvanecimiento más triste y desesperanzador que el planteado en la película primigenia. Una variante monumental de esa proyección holográfica llamada Joi nos lo dejará claro hacia las últimas escenas del filme.
El homenaje, la segunda dimensión
Blade Runner 2049 cuenta con un tremendo homenaje, que Denis Villeneuve consuguió hacer al legendario compositor griego Vangelis. Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch capturaron la esencia del score original de Blade Runner, para entregar un trabajo magnífico, que complementa y engrandece la experiencia visual, pero también consigue redimir los momentos menos afortunados en el trabajo del director canadiense.
Sin embargo, después de los esplendidos sintetizadores (y de su precisa fusión con el estruendoso sonido de supuestos automotores aéreos, haciendo eco en paredes de innumerables y sombríos rascacielos), vienen los problemas argumentales.
Homenajear, lo digo de una vez, no debería ser el objetivo de ningún director. Es cierto, algunas veces los homenajes funcionan y complementan o inclusive dignifican una buena película; pero lograr esto requiere de una precisión quirúrgica, sobre todo a la hora de construir un argumento. Y no, no es el caso de “2049”.
Personajes tan importantes como Niander Wallace (Jared Leto) aparecen parcos al entablar largos diálogos, que son francamente inverosímiles, y que de paso muestran cómo el empecinamiento de Villeneuve por reflejar todos los ángulos de la versión de 1982 sólo consiguió extender su secuela de manera innecesaria.
Así, enormes lagunas en la narrativa dejan sin explicación acciones tan importantes como las formas de obtener medios –como un artefacto para transportarse en situaciones en el que éste es indispensable, por ejemplo– para fines que son definitorios en la historia…
¿Cómo demonios salió K (Ryan Gosling)de San Diego, el macrobasurero de la futura LA? ¿De dónde sacó el vehículo que le permitió localizar y neutralizar a los secuestradores de Deckard (Harrison Ford)?
Además de los problemas argumentales, Villeneuve parece olvidar que ha transcurrido una generación entre los hechos de su película y los de la de Scott. Las tendencias en la moda, en la cultura y hasta en la tecnología, aparecen casi idénticas a las planteadas en el filme primigenio. Incluso aquella apropiación de las marcas multinacionales: Atari, Coca Cola, Pan Am, etc, alcanzada por Scott, pone evidencia los product placement a los que fue orillado Villeneuve.
Sí, la dimensión del homenaje desequilibró la propuesta de Denis Villeneuve; pero no lo culpemos a él del todo. Buena parte de la responsabilidad recae ni más ni menos que en Ridley Scott, quien, según el propio Villeneuve, siempre estuvo tras de él como una sombra.
A pesar de todo, Blade Runner 2049 era (y es) una cita impostergable para la historia del Cine, que resultó muy digna de su antecesora, y también del culto que ha heredado de ella. El espíritu de la obra de Philip K. Dick permanece incólume, rondando por las imágenes de ese futuro inexorable y grisáceo, quizá también soñado por su director.
Epílogo
Entrelazados. ¿Anhela tener su corazón entrelazado? Entrelazado. La memoria me vuelve a remitir a esta escena portentosa: el detective K entra por primera vez en la cabina de evaluación psicotermodinámica y asume su posición en la nada. No es, salvo su función.
Ya afuera, a unos cuantos metros, los policías humanos que lo agredieron y ante los que apropiadamente inclinó la cabeza y bajó la mirada hablan de lo asqueroso que es trabajar con él: una cosa que parece humana, que se comporta como humana, que siente como humana, pero que no tiene derecho a despreciar o a anhelar más que lo que le es permitido poseer.
K no piensa en ellos; está a punto de superar el test, pero alguien de su especie, a quien acaba de retirar, le ha dejado sembrada una duda… El director de la película que protagoniza no podrá ofrecerle un derrotero plausible (como tampoco le ofreció a un actor plenamente convincente para representarlo), pero él tiene la última palabra.
Quizá lo volvamos a ver a unos pasos de nosotros, tomando una decisión completamente autónoma allá afuera; bajando del vagón del tren de nuestra propia distopía.

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