La oficina de Pedro Almodóvar

1
Faltaban quince minutos. Como acostumbraba, Karla llegó temprano. Acercándose al barandal de cristal tomó con sus dedos mugrientos el trident de moras azules al que había extraído el último rastro de sabor sintético, lo hizo una bolita más o menos consistente y lo pegó en uno de los costados de un sillón rojo que completaba una cómoda estancia en el segundo nivel de las ultramodernas instalaciones de Cinemex Antara.
¡Todavía no llega este pendejo!, masculló. Estuvo a punto de sacar un cigarro en cuanto se dio cuenta que Gustavo no estaba ahí, pero logró controlarse. Aunque no habría sido la primera vez que mandara al demonio a un empleado que le dijera que no estaba permitido fumar en ese lugar cerrado, decidió ahorrarse la escena.
No pasó más de un minuto y escuchó su voz. A Gustavo no le agradaba pasar desapercibido; respondía los amables saludos de los empleados de la sala con una amplia sonrisa y un elevado tono de voz. “Gracias, cómo estás”, “qué tal, buenas noches”, en fin…
Comenzaba la actuación: Hola, nena, ¿llegastes temprano otra vez? ¡Hola, bebe, ya sé, ja, ja, ja, ¿pasamos? Karla odiaba las expresiones de Gustavo, desde su trato condescendiente, hasta esa tara de agregar la “s” a todas las conjugaciones en pretérito. A estas alturas le asqueaba incluso sentirse todavía atraída por su sonrisa de comercial de pasta dental.
2
Gustavo había visto toda la filmografía de Almodóvar casi a la fuerza. Cargaba el peso de varios encargos y el compromiso de filmar una “comedia exitosa para la clase media mexicana, a la altura de lo que había logrado a principios de año el hijo de Alazraki”.
Karla comenzaba a estar cómoda. Aunque la película no pintaba bien, lograba engancharse con algunos de los primeros gags. La sala, como siempre a esa hora, estaba casi vacía; tal y como les gustaba. Pero Gustavo estaba absorto y sin comprender aquel imperativo de escudriñar la obra completa del director español, sencillamente, le cagaba.
Las palomitas y los refrescos llegaban tarde, el empleado les susurró sus más sucintas disculpas y se esfumó. Karla no tenía apetito y Gustavo, que tenía prohibido tocar alimentos hasta que ella aprobara, comenzó a sentirse ansioso. Finalmente, Karla estaba lista y, como había venido ocurriendo desde la primera vez que eran una pareja en una sala, tomó suavemente la mano derecha de Gustavo y la colocó sobre su vulva.
¿Estás bien, Gus? Karla sintió el temblor incesante de los dedos fríos de Gustavo intentando, torpemente, frotar su clítoris. Un carraspeo proveniente de alguna de las filas de arriba recordó a Karla que tenía que contener su sobresalto y bajar la voz. Era la primera vez que sentía así a Gustavo. La verdad, no, beibi, vamos a tener que salir de la sala.
Karla subió al Mazda negro de Gustavo y en cuanto él se colocó al volante le gritó: ¡Qué es lo que acabas de hacer, pendejo! Gustavo ni siquiera hizo el intento de encender el auto. Ya sé que te enterastes, Karla, ¿ok? Así que vamos con calma que yo soy el que lleva las de perder.
3
La primera vez que Karla y Gustavo tuvieron sexo, todo ocurrió en el terreno de la ambigüedad. Las fiestas de la televisora estaban diseñadas así. Productores y actrices coincidían, y eventualmente, con la participación o no de un intermediario, se tejían encuentros entre ellos. Por supuesto, ninguna actriz, a reserva de ser “desvinculada” de la empresa, podía negarse a asistir. Karla estaba completamente alcoholizada en esa ocasión y, ciertamente, Gustavo estuvo muy cerca de ella todo el tiempo.
En la más reciente de esas fiestas, Karla fungió como intermediaria entre Isabel y Gustavo. Al igual que Karla, “Isa” no tenía muchas opciones; la inversión que había hecho antes de llegar a la televisora la tenía en la bancarrota. Por otro lado, Gustavo, lleno de proyectos, podía cobijarla dándole un papel de mediana relevancia entre toda esa prolífica mierda que producía.
Tras unas cuantas bebidas y una charla profiláctica entre las dos actrices, Isabel estaba lista para abandonar el venue.
4
No sabía qué era lo que más le molestaba, si el desvanecimiento de ese confort sordo que la relación con Gustavo había alcanzado, o el hecho de que “el muy pendejo” no le hubiera dicho desde un principio que estaba enterado de la situación con Isabel. ¡Por qué no me dijiste nada antes de entrar a la sala, idiota!
Karla comenzó a llorar. Ese último reducto de libertad en el que la oscuridad, la sala semivacía, las historias indefinidas en la pantalla, y la única capacidad de Gustavo para entablar una comunicación real y corpórea con ella (su única posibilidad de ofrecerle un orgasmo), había quedado totalmente clausurada.
5
Como era de esperarse en un país que adolece de una casi total impunidad, el amago de Isabel fue acallado. Gustavo la había violado, cierto, pero no era necesario hacer un escándalo. Finalmente, el coprotagónico de “la-nueva-serie-cómica-que-formaría-parte-de-una-valiente-apuesta-de-renovación-de-contenidos-de-la-televisora-más-grande-del-país” estaba puesto sobre la mesa; así como –desde luego– el relevo amoroso, pública y oficialmente aceptado (este sí) por Gustavo.
Nauseada, Karla terminó de revisar los tabloides de la semana. Vista desde Los Ángeles, la cosa no era tan difícil de soportar; pero no por ello perdía su repugnancia. Cuando menos nadie habló de más, pensó en voz alta.
Justo cuando se dispuso a continuar con su día y abandonar su “lap”, una notificación la hizo regresar al asiento…
Se trataba de un correo electrónico de la oficina de Pedro Almodóvar.
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