Fui aval de Ahora. Una experiencia postpriista

¿Que son organizaciones verticales, con liderazgos, posiciones y cargos rabiosamente disputados? ¿Que casi todos ellos ya no representan más que a sus propios intereses? ¿Que en este país (y quizá en la mayoría de los demás) parecen un pesado lastre financiero y económico fuera de control?
Hay mucha evidencia de que lo anterior es cierto. Por ello, al ciudadano común poco le interesa conocer los detalles, por ejemplo, de cómo se relacionan entre sí los integrantes de esas agrupaciones. Nos limitamos a caricaturizar sus interacciones –justificadamente, quizá– con las figuras de borregos y pastores o de líderes y acarreados.
Cuando la llamada Iniciativa Ahora irrumpió en el escenario político mexicano, su discurso fue fácil de asimilar y escuchar. Se trataba de una invitación abierta a participar en una organización de corte horizontal, que proponía volver a pensar a “lo político” como “la cosa pública”; como algo que debía atraer el interés de todos los ciudadanos. Fue así como me decidí a seguirles la pista.
Luego de enterarme que detrás de ellos se encontraba la supuestamente incuestionable figura de Emilio Álvarez Icaza, sólo me restaba encontrar su cuenta de Facebook (FB) y preguntarles –no sin una extraña mezcla de incredulidad, precaución y entusiasmo– dónde y cuándo sería su siguiente reunión o asamblea, para poder conocerlos e incluso integrarme y colaborar.
Como respuesta a ese mensaje vía inbox recibí la invitación; primero a leer su Planteamiento Político (PP), y después, si estaba de acuerdo con sus términos, a enviarles mis datos de contacto (correo electrónico y dirección física) y firmar como aval; sólo así recibiría información sobre sus reuniones y las formas de participación en su Iniciativa.
Así lo hice, convencido de que había que darles un voto de confianza –y por qué no, si la cabeza de la organización era uno de los más visibles coadyuvantes del derrumbe de la Verdad Histórica– en tiempos de infiltración y sabotaje rampantes. Mi entonces pareja estuvo de acuerdo con mi decisión y ambos, en unos cuántos clics, ya éramos parte de Ahora.
Días después los seguimos en Twitter y FB para monitorear sus publicaciones. Esperamos alguna comunicación de su parte, pero esta no se dio sino luego de dos semanas, cuando recibí el siguiente mensaje en mi cuenta de correo electrónico:

Las preguntas (a las que respondí) eran sobre mi disponibilidad de tiempo y sobre los medios que podía poner a disposición de la organización, incluyendo, claro, la aportación de recursos financieros. En su impecable formato en línea quedó sentado que yo podría participar unas cuatro horas a la semana en redes sociales, y un par más en el ámbito presencial los fines de semana; nada más.
Así, al día siguiente recibí este otro mail:

Poco después mi pareja recibió mensajes idénticos (bienvenidas, cuestionarios e invitaciones a participar en las “activaciones”), pero nunca se nos informó sobre asambleas, sobre algún proceso de “deliberación” o sobre para qué demonios servía la figura del aval, más allá de la encomienda de “activar” a más “avales”.
Sí los dos estábamos conscientes de que todo aquello parecía una sofisticada tomadura de pelo (la gota que colmó el vaso de nuestra tolerancia fue la frasesilla: no olvides llevar bloqueador solar y la mejor actitud… Ajá, “la mejor actitud”). No acudimos a sus primeras activaciones, claro, pero eso no obstó para que nos siguieran invitando, vía mail, a las sucesivas.
Ya distanciados de la “Iniciativa” fuimos testigos, por un lado de su confrontación directa (y encomiable) con el INE, pero también de su coqueteo con el grupo de Los Galileos del PRD. Fue justo en esos días que recibí un inesperado mensaje de WhatsApp, en el que se me invitaba a participar en una capacitación para colaborar en las campañas de redes sociales de la Asociación. Tomé la decisión de acudir. Aprovecharía para preguntarles, de una vez por todas, de quién serían aliados a la hora de las campañas de 2018.
Llegué puntual a sus oficinas de la colonia Escandón, que hasta la fecha albergan las instalaciones de un call center (propiedad de uno de los verdaderos integrantes de la iniciativa) y me incorporé a un grupo que, a la hora de comenzar, terminó incluyendo a no más de 6 personas.
A cargo del curso estaban dos mujeres: una de no más de 30 años de edad, cercana a los liderazgos de la iniciativa, y otra, la técnica; más bien en sus 40, que estaba detrás de muchos de los aspectos que sostienen su sofisticada pero desorganizada plataforma digital.
Ambas nos preguntaron lo básico: cómo nos enteramos de la iniciativa, por qué nos acercamos, a qué nos dedicábamos…, la primera indagó si habíamos leído el PP sólo para reiterarnos algunas de sus generalidades, mientras que la segunda estaba presta a interrumpir en cuanto alguno de los asistentes preguntara algo.
La técnica, ya ávida de entrar en materia, nos preguntó sin ambages si teníamos redes sociales, si sabíamos usarlas, si conocíamos Twitter (ante la respuesta positiva sobre FB), en fin. Aunque las preguntas parecían obvias, sí había entre quienes asistimos; personas de todas las edades, algunas que no estaban bien enteradas del manejo de la red sociodigital de microblogueo.

La intención era clara: entrenarnos para conseguir más avales en las redes; simple y llanamente.
Afortunadamente, su temeraria pretensión de convertirnos en bots en menos de 2 horas se vio truncada por una oleada de cuestionamientos para los que no estaban preparadas. La mujer técnica nos dijo incluso que sólo trabajaba en todo aquello porque su jefe, el dueño del call center, estaba “con todo” con “el señor Emilio Álvarez Icaza”.
–¿Adónde va Ahora?, ¿van con el Frente? Fueron mis preguntas. Trataron de evadirlas en una primera instancia, pero yo las reiteré. En pocas palabras –y después de haberle respondido a otro de los asistentes que no esperara un acercamiento con Andrés Manuel López Obrador– me contestaron que no podían darme esa información; que no la iban a negar, pero que además no iban a revelar cosas de la organización que no tenían por qué salir de ella.
Fue suficiente para mí; sería la última vez que tendría contacto con “ellxs”.
¿Se imaginan qué habría pasado por las cabezas de los líderes priistas si se hubieran planteado el tipo de partido que querían ser en el siglo XXI? Quizá, en alguna de esas mentes retorcidas, ese pensamiento se hubiera elevado hasta el nivel de un ideal. Un ideal en el que militancias automatizadas y anónimas replicarían sus mensajes, incansable, fiel y sumisamente.
Hoy, ese ideal es una realidad con un nombre que ya ni siquiera reconoce siglas. Ese sueño corporativo se materializó en una organización postpriista y se hace llamar: Ahora.

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