Whiplash: Sangre, sudor y tempo (y una sola lágrima)

Fletcher, el neurótico maestro en esta historia, está convencido de que ese mocoso al que acaba de agredir y humillar, justo en su primer día ante el grupo élite de alumnos del conservatorio musical más importante de Nueva York, tiene un talento promisorio; el suficiente, al menos, como para merecer sus enseñanzas. “No me digas que eres de esos tipos que lloran una sola lágrima”, remata irónico el profesor, al notar que Andrew ha aprendido y aguantado la lección.
Nominada a 5 premios Oscar, incluidos: Mejor Película y Mejor Mezcla de Sonido, Whiplash es el segundo largometraje (posterior a un corto que lleva el mismo nombre) del director gringo Damien Chazelle. Se trata de un filme que marca la tendencia del director hacia abordajes cinematográficos basados en el arte musical del Jazz.
A pesar de que para más de un crítico el eje de esta historia se encuentre en la intensa relación de un maestro violento y su obsesionado alumno, hay que reiterarlo: el centro de este relato es el mundo del Jazz. Los personajes aquí son sólo almas poseídas por ese arte enraizado en la negritud, que ha sido capaz de construir una de las mitologías más cautivadoras de la era posmoderna.
La omnipresencia del Jazz, el gran acierto
El Jazz, su sonido y su magia, pueden sentirse en la sala. Ese es el principal acierto de Chazelle. Pero no sólo el ambiente sonoro está impregnado de la síncopa, es la propia narrativa la que ha quedado bajo su influjo. Una tarola, percutida progresiva y vehementemente por el actor principal, nos introduce a la primera secuencia de un filme que también se tornará frenético en su propuesta visual.
Observaremos a Andrew incorporarse, como esa tarola, al conjunto de elementos que dan forma al instrumento de tortura y placer en el que habrá de convertirse la batería, a medida que la película avanza. Cederemos al yugo autoritario y sardónico del profesor Fletcher, implacablemente actuado por J.K. Simmons.
No obstante, hay también que hablar y advertir de los problemas con Whiplash.
El síndrome del Cisne Negro. Algunos de sus síntomas
En al menos un par de ocasiones, Chazelle, a través del personaje interpretado por J.K. Simmons, recurre a una de las anécdotas más famosas sobre dos leyendas jazzísticas; aquella en la que un joven y desconocido Charlie Parker, durante una sesión, fue evidenciado y agredido por el baterista Jo Jones, quien le arrojó un platillo a la cabeza por haberse adelantado al tempo de la banda.
Según Fletcher, esa dureza de Jones al reprimir a Parker permitió que el saxofonista alcanzará los niveles de calidad y maestría que lo llevaron a ser un referente musical innegable. Ciegamente, el director sucumbe ante el poder de esa anécdota, convirtiéndola en un argumento central para sus dos personajes principales y, de hecho, para toda la trama.
La idealización de estos referentes llega a las fronteras de la inverosimilitud y hace mella en la fuerza y el vértigo del resto de la narrativa; la conecta con aquellos clichés argumentales del Cisne Negro, en los que los tormentos de una artista talentosa eran parte y precio del propio ámbito de su arte.
Del mismo modo, Fletcher, ese personaje poderoso, aparece caricaturesco casi al final de la película; confieso haberlo asociado, ni más ni menos, con el lejanísimo Darth Vader, quien, a punto de ejecutar una gran venganza, se rinde ante su consanguinidad y le dice a su vástago: “Luke, soy tu padre”.
La respuesta es el Jazz
Por fortuna –y no les he arruinado nada–, la propia fuerza del montaje permite hacer a un lado esos deslices y posibilita fijar la atención en la fuerza del personaje principal. Andrew –nuevo acierto– no flaquea ante esas ideas del auto flagelo del artista y logra el disfrute de su propia (aunque sí, un poco dolorosa y sangrienta) actividad artística.
Entonces, Caravan suena en la sala y nos damos cuenta de que Chazelle desentrañó su propio conflicto. La respuesta siempre estuvo ahí: la respuesta es el Jazz.
Comentarios
Publicar un comentario